viernes, 18 de noviembre de 2011
LA CASA DE LOS DESPERTARES EXTRAÑOS.
Entraba el sol. No sabía porqué, comúnmente no lo hacía, recordó que él le había comentado como dato irrelevante entre charlas de medianoche. ¡Y ay de aquellas charlas! Donde la ironía y picardía articulaban perfectamente con el objetivo, indudable, de legislar los caminos siguientes a las 3 de la mañana, impuestos, más que nada por aquel hombre. Anoche le habló de poesía, largo rato, letra por letra, palabra por palabra, libro por libro, biblioteca por biblioteca. Rayo a rayo se distinguía, la luz del sol y las pelusas aprovechaban para tomar protagonismo. La brillantez era tal que entre sus párpados y su pupila de princesa se podría reconocer un completo color rojo, que inundaba más que sus ojos, su alma, sus pasiones. El olor inaguantable a cigarrillo aumentaba cada vez más sintiendo que se le impregnaba en su nariz, como si respirará solo eso, por varios instantes, mezclado con el gusto de casa nueva y primer despertar ajeno a cualquier situación de ella vivida. No sabía que elemento estaba a su lado, pero se dio cuenta que él estaba ahí, al lado, sintiendo. Siempre sospechó que por esa ventana, algún día vería entrar la luz de la mañana, del mediodía, o de la hora que sea. El parloteo anterior lo demostraba o prácticamente sus infatigables ganas de verlo. Era la primera vez que estaba ahí. Todavía sin pestañar, todo era un pensamiento. Entonces el mortificante humo de tabaco, se esfumó, como si todo aquello que había olido anteriormente, ya fuese un recuerdo. Y pensó ¿Qué estará haciendo si no una chimenea de humo? No sintió el peso, ni la contención, ni la armonía que alguna vez sintió, ahora, en esa cama. Se sentía extraña, como si la gravedad no la atrajera o los planetas estuvieran quietos. Como si un sueño, que había soñado, no le permitiera abrir los ojos, de una vez, y verificar que verdaderamente, estaba ahí, respirando. La desbordaban las ganas de confirmarlo y la inagotable necesidad de saber que hora era. De repente abrió los ojos de tal forma que parecía que sentía un daño infinito en mantener los ojos cerrados. Fue en un instante, en una milésima de segundo. Eso era real, pero ella se asombró. Y sintió como la vigilia se desarrollaba cada vez más, cuando vio cosas raras, que no conocía. Pensó en lo dormida que estaba, como para presenciar tal hecho. Pero él no estaba ahí. Se sintió extraña. No sabía muy bien donde estaba, creyó estar volando. Veía muy, misteriosamente, las pelusas que se acumulan debajo de la pata de la mesa de luz, como si esta cumpliera el rol de ventilador. Ella siempre pensó cosas extravagantes, pero en su pasado nunca algo así. No había nada, a sus costados. Alocadamente imagino por un instante que todo habitante de esa casa se iba a mudar y nadie le avisó nada. El techo tomaba forma de piso, y el piso tomaba forma del techo. Sospecho que el acto de haber bebido, alguna que otra copa, entre libros, y sábanas, le damnificó sus ideales de despertares, o al menos, sintió dolor de cabeza, allá, ahora. Levantó la misma y él estaba ahí, lejos de ella. Como si con una soga tirada hacia el universo, lo atará y lo deslizara hacia el punto justo donde tendría que estar. Se preguntó qué hacía ahí, no entendía muy bien. Él dormía, pero había humo, todavía. Entonces pensó, que el sueño lo había llevado recientemente a cerrar sus ojos. Y lo miró. Allí, donde antes dormía él, ahora estaba, la lámpara de luz, que según recordaba ella, estaba en el techo, antes de dormirse. O al menos era lo más normal del mundo que esta se encontrará en ese lugar, y pensó que en cualquier casa que haya antes ido la luz, estaba en el techo. Todo era muy curioso, a su parecer. Se sintió extraña, miró hacia sus costados y no había más que un ventilador apuntando su tapa hacia arriba, confundida pensó que le podría haber pasado que lo sacó y ahora está ahí, solo, rodeado de aire, de la nada, del vacío existencial. Desde las puntas de sus fríos e inmóviles dedos de sus pequeños pies hasta la mollera reposada sobre esa floreada almohada, sintió un calor interior, que le vaciaba el cuerpo y se le retorcía formando pequeños glóbulos de aire que se rompían y volvían a su posición inicial. Y ese calor, justamente, hacia arder el reloj, que giraba tan velozmente que parecía que las agujas van a salir disparadas por esa ventana que alguna vez lanzó varios rayitos de luz. Sus ojos gigantes desorbitados, no enviaban la información de lo visto al cerebro que, consecuentemente éste, fallaba otra vez en buscar alguna explicación lógica al porqué de que la mesa de luz tome protagonismo arriba, mucho más arriba que sus cabellos despeinados, paralelamente al cuerpo de él y por otro lado que el electrodoméstico que produce corriente de aire se encuentre abajo, mucho más abajo que su cuerpo de camisón. Todo lo que todavía mantenía su posición comenzó a moverse hacia el lado contrario donde estaba. Entonces le dio exóticamente lugar a la neurótica explicación de pensar, prevista y desorientadamente si estaba en el país de las maravillas, con él, aunque juraría que era el mundo del revés la respuesta más lógica a todos los hechos que ocurren. Pronto vio como ella era el único objeto en la habitación que no tomaba distinta posición. Y de repente sintió su peso flotar, acercándose, lentamente a él, quien la miró y le sonrió. Ella literalmente volaba pero encontraba en el circo de su boca la medida de sus ilusiones. Y sorprendentemente abrió los ojos. Mientras él, verdaderamente la miraba.
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